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HISTORIAS Y PRESENTE DE LOS QUE JUGARON DE CHICOS CON “EL APACHE

La vida de los que no fueron Tevez

El Gordo, que iba al arco y hoy cuida el depósito. El Pelado, que pasó de River a Sacachispas. Rulo, que de Rumania viajó a Morón. El verdadero Carlitos, que hoy está preso en Rawson. El Guacho Cabañas, que se pegó un tiro antes de caer en cana. El Tano, que es medio chavista. Todos ellos jugaron de muy pibes con Carlos Tevez en All Boys. Esta nota no trata del que se hizo de abajo y llegó a la gloria. Cuenta cómo les fue a todos los otros.

Nahuel Gallotta
01.10.2008

Pasado y presente. En el centro, los gurrumines de la camada 84 levantando copas, con Carlitos Tevez en el medio.

Los colectiveros de la 135 jamás lo supieron. Ese grupo de pibes que vestía guardapolvos no iba a estudiar. Subían en esquinas de José Ingenieros, Ciudadela, Fuerte Apache y Floresta. Que llevaran mochilas y que viajaran todos juntos al fondo, hacía creer que compartían el mismo grado. No llevaban útiles o libros. Tenían botines y canilleras. Iban a entrenar y se vestían así para pagar boleto escolar.

Tampoco supieron nunca que entre esas fieritas de 8 o 9 años, los que los engañaban todas las tardes, estaba Carlos Tevez. Era la versión “Freddy” –por Freddy Krugger– de Carlitos, el apodo ganado por las cicatrices que le quedaron en el cuello cuando le cayó agua hirviendo. Los pibes integraban la categoría 84 de All Boys y antes que eso eran una banda de amigos nacidos en el primer año del regreso a la democracia, desparramadores de fútbol en todas las canchas de baby fútbol. Viajaban hasta Lascano y Mercedes. En los últimos años, los colectiveros les decían: “Ustedes, a la escuela van de profesores, ¡miren los pelos que tienen en las piernas!”.

La cosa se complicaba cuando había que jugar de visitante. Norberto Propato, el técnico, los pasaba a buscar en una estanciera destartalada, llevando siempre un bidón de cinco litros de nafta y una manguera. La chupaba y la enganchaba al carburador. Ahí arrancaba. Los chicos lo cargaban diciendo que era la camioneta de Scooby Doo.

Compartieron canchas desde el año 91 hasta el 98. A los 13 años, Carlitos partió a Boca. A partir de allí, a su historia la conocen todos. Pasó el tiempo y por su pase se pagaron 60 millones de dólares. Lo que se cuenta acá es cómo les fue a los otros; y en qué andan.

EL GORDO, AL ARCO. Ariel Zamora era el gordito del equipo. Por eso lo mandaron a atajar. Propato lo hacía colgar del arco. Con un brazo tenía que agarrarse del travesaño y con el otro cachetear la pelota, sin tocar el piso.

–Lloraba. Me tenían que llevar a la fuerza. Pero me enseñó todo, a patear, a tirarme y a los tres años salí elegido mejor arquero, –dice hoy el antiguo gordito.

Ariel no quiere hablar de Tevez y si habla, habla en económico.

–Algunos cuentan por todos lados que jugaron con él. Yo jugué, me crié, vino a mi casa un montón de veces y no lo comenté nunca.

–¿Por qué?

–Hace algunos años lo crucé y ni siquiera me saludó. En todos lados dice que siempre se acuerda de los que estuvieron con él cuando era pibe y esas cosas... me molestan.

Vive en el monobloc 22 de Fuerte Apache con sus padres y dos hermanos. Allí su mamá atiende un kiosco que él mismo atendió. Dice que se quiere ir del barrio. Aclara que hay gente muy buena, pero que los chorros no son los de antes. A la edad en la que él, Carlitos y compañía jugaban a la pelota, los pibes de hoy juegan con el paco, el poxirrán y las armas.

Está sentado arriba de unas cajas de vino del local mayorista de su papá. Es lo que eligió. Antes salía al reparto en la camioneta. Ahora se encarga del pago a proveedores, de atender a los clientes, de la gente que tiene a cargo. Le gusta su trabajo, cuenta que no sabe hacer otra cosa que no sea estar ahí. Entra a las 9, se va a las 6 de la tarde.

El 1 recuerda las travesuras de ese grupo. Se subían al techo de la canchita a tirar bombitas de agua a las mujeres y a los colectivos que pasaban por la avenida Jonte. Compraban petardos e iban caminando hasta el cabaret de Jonte y Gualeguaychú. Apuntaban y todos tiraban a la puerta para luego salir corriendo, tan rápido como no lo pudo lograr ningún preparador físico. “En realidad es como que el fútbol era un pasatiempo, estoy seguro de que la pasábamos mejor cuando estábamos juntos afuera”.

No se arrepiente de haber dejado el fútbol, pero piensa en cómo sería su vida si estuviera atajando en primera. Confiaba en sus capacidades. Cree que es algo que le quedó pendiente.

Cuando me voy le comento que sus compañeros me pidieron que organice una cena, que me van a avisar cuando Carlitos venga al país.

–¿Vendrías si está Tevez?

–No, ni loco.

CON LA 2, EL PELADO SPAMPINATO. A Gastón Spampinato le resulta extraño que quieran entrevistarlo. Me recibe en el departamento que alquila con su novia en Sáenz Peña.

–¿Qué se siente al debutar en Sacachispas siendo que pudiste llegar a la cuarta de River?

–Y… es duro. A mí me han dicho el típico “vos vas a terminar jugando en Sacachispas”, pero nunca creí llegar ahí. Pensá que después de anular al burrito Ortega en una práctica, Ramón Díaz me llamó y no sabés lo que me ilusioné. Pero Sacachispas lo único gracioso que tiene es el nombre. Cobrábamos un viático y premios por partido ganado, así que imaginate los huevos que poníamos.

Alguna vez le gritaron: “Andá a pasear perros, burro”, pero eso no lo ofendió. Era su otra profesión. En los clubes de Primera C los sueldos no alcanzan los 600 pesos, de modo que llegó a pasear veinte perros. Los clientes siempre le preguntaban cuándo jugaba. Se volvía con garrapatas, pelos y un Pit Bull siempre lo usaba de arbolito.

De Saca pasó a Colegiales. “Fue una bisagra en mi vida. Ahí empecé a ver otras cosas. Me di cuenta de que tenía que pensar en mi futuro. Me cansé de las injusticias, de las ideologías de cada técnico”, dice el Pelado Spampinato, un apodo que perdura a pesar del cambio de look. Hace un mes y medio quedó libre de Lamadrid. Hoy es estudiante de visitador médico, hace cursos de electricidad, es vendedor de una droguería y pudo independizarse. Terceriza aromatizadores de ambiente. Deja el aparato y mensualmente cobra el servicio. También hace changas como electricista.

–¿Extrañás el fútbol?

–No puedo ir a ver un partido. Me cuesta mucho. Es ir y pensar cómo puedo haber dejado esto que es lo más lindo que me pasó en la vida. Pero lo más importante es que aprendí a ser perseverante, a saber esperar, a entender que todo suma, a que hay que estar mejor por uno mismo. Cuando tenga un varón, me gustaría brindarle mi experiencia como jugador. Yo sueño con una posibilidad más.

DE 3, RULO, DE CIUDADELA. A Yair Rodríguez lo conocen por Rulo. El alias se lo puso el DT Propato porque decía que tenía un nombre muy difícil. Rulo usa el pelo muy cortito y con gel, sus claritos están radiantes. Construyó paredes con Tevez dentro y fuera de la cancha. Sus padres eran albañiles, se pasaban trabajos y los llevaban con ellos. “¡Dale, laburen, che!”, les decían. “Con Carlitos nos reíamos sólo de pensar que a la tarde teníamos que ir a entrenar”, dice Rulo ahora. Todo duró hasta que a Tevez lo citaron de la Sub-15 y él empezó a practicar en la reserva de Independiente. “Hoy me pude dar cuenta que nuestros viejos no nos llevaban por la plata, sino para que en lugar de estar en la calle estuviéramos con ellos”.

Con Tevez son los únicos que debutaron en primera división del fútbol grande. Pero él, Rulo, quedó libre. Estuvo en Rumania, Uruguay, Arroyo Seco, Acassuso. Y ahora está en Morón.

–El fútbol es así. La suerte tiene que estar de tu lado, es necesaria siempre. Creo que si estuve, puedo volver a la A.

Vive en Ciudadela, en su casa de toda la vida con sus padres y dos hermanos. El recuerdo más lindo que tiene no son los festejos de los campeonatos ganados. Son las fiestas de fin de año en el gimnasio del club. Las cenas en familia con todas las categorías esperando la entrega de trofeos.

Se sigue viendo con Tevez. Cada vez que viene al país se encuentran. Dice que están comunicados constantemente por teléfono. Valora mucho que se haya aparecido de sorpresa en la última Navidad.

EN EL MEDIO, EL GUACHO CABAÑAS. El paraguayo Cabañas, al igual que Tevez, vivía en el Nudo 1 de Fuerte Apache. Paraba debajo de su edificio con los Back Street Boys, una de las bandas más densas del conurbano. Empezó atajando, después pasó a jugar de cinco.

Son muchos los que cuentan que era mejor jugador que Tevez. O en todo lo caso lo peor que se decía era que estaban en el mismo nivel. Jugando era guapo guapo. Trababa, se tiraba al piso y ponía cuando había que poner. Disponía de una técnica que prometía lucirse en el fútbol de elite. En medio de un partido salía de la cancha a tomar un mate o a comer una galletita a la tribuna y volvía a entrar. Cuando festejaba un gol, se escondía detrás de las banderas que suele haber en las canchas. El árbitro debía buscarlo para reanudar el juego. El entrenador le daba indicaciones y él respondía con insultos. Sus compañeros se reían. Los rivales también. Era muy temperamental. Una vez, enojado, pateó la red. Se enganchó y no podía sacar su pierna. El partido se seguía jugando y todos se reían de él, que tardó un rato largo en volver a jugar.

En cancha de once jugó en San Lorenzo y Vélez. Hay dos versiones acerca de su salida de los clubes. La primera es que lo echaron por robarles a sus compañeros. Abría bolsos y se llevaba relojes y billeteras. La segunda es que le acercaba droga al plantel.

–Era bardo de verdad. Robaba grande. Era malo, un morochón, bien fiero, cuenta un vecino.

Sin el fútbol, el delito pasó a ser su única actividad. La Bonaerense lo tenía identificado. Estaba acusado de matar a un policía. Cabañas sabía que cuando lo cruzasen iba a ser boleta. Una noche, luego de robar el bingo de Ciudadela, los patrulleros lo persiguieron por el barrio. Llegó al Aguas Argentinas de la calle Besares y se frenó. Ayudó a sus compañeros a saltar las paredes. Quedó solo. Miró a los policías. Se vio sin salida. Se llevó la pistola a la sien y se pegó un tiro. “Siempre decía que antes que la policía mate a un chorro prefería matarse él”, agrega otro vecino.

Hoy el guacho Cabañas es mito. F.A., el grupo de rap del barrio, le escribió una canción: “Cuando un amigo se va”.

ARRIBA, EL TANO FORESTIERE. “Yo era el goleador, yo era el goleador”, repite Eigidio Forestiere alzando un dedo. Es difícil creerle. Hoy al menos no tiene pinta de jugador. Le sobran veinte kilos. Tiene panza de vino. Nota la desconfianza y trae un pilón de revistas Fulbito. All Boys gana siempre y su apellido, subrayado, se lee entre los goleadores.

Eigidio es el que casi le partió el pecho a Tevez de un manzanazo. El técnico invitaba a sus padres al vestuario para que vieran cómo se portaba. Una vez puso un petardo en una botella de vidrio. Explotó y las esquirlas cortaron a un chico de otra categoría.

Trabaja de 7 a 18 horas en la agencia de fletes que puso en Ciudadela, delante de la casa en la que convive con su novia. Siempre fue del rubro. El Tano Forestiere cambió, ayudado por su novia. Lo internaron en un centro de rehabilitación y se escapó saltando desde un balcón a cinco metros del piso.

–Hice cosas que no van con mis pensamientos. Ahora me arrepiento, me moriría debajo de un puente antes que volver a eso, porque nunca lo hice por hambre, –dice.

Hizo la nocturna en tres años y cursó primer año de Arte y Cerámica. Quiere recibirse para ejercer la docencia. Cuando le pregunto por la 84 de All Boys automáticamente responde: “Diversión. Cuando estaba mal jugaba mal, cuando me divertía la rompía, pero hay que jugar para divertirse. Después, cuando empecé a sentir presión, me aburrí y largué”.

A Eigidio le gusta hablar de política. En 2005 viajó en tren a Mar del Plata a escuchar el discurso de Hugo Chávez en la Cumbre de los Pueblos. Le indigna la iniciativa reciente de una diputada bonaerense, Cecilia Moreau, para obligar a los boliches a suministrar agua gratis para quienes consuman pastillas de éxtasis. “Se ocupan de los ricos. Esos pibes van a bailar en 4x4, en BMW, y de los que se están muriendo por la pasta base, que son los más débiles, nadie se ocupa.

–¿Cómo sería tu vida si estuvieras en lugar de Carlitos?

–Teniendo el poder que él tiene en los pibes de barrios humildes podría ser más influyente. Él, Maradona, Charly García y toda la gente importante debería hacerlo. La política también es la vida del pueblo, es la vida de los que quieren a Tevez. Se da cuenta de lo que el Gobierno hace en contra del país, de los pobres y se calla la boca. Tal vez no le convenga meterse, pero yo sí lo haría.

El verdadero “Carlitos”, el de la Unidad 6

Carlos era Carlos Tevez y Carlitos era Carlitos Díaz. Por condiciones futbolísticas, Tevez podría ser Díaz. O viceversa. Es otro pibe que también estaba a la misma altura que el astro. Luego del baby, jugó hasta los 18 años en River. Hasta que de un día para el otro se cansó de esperar que All Boys le diera el pase y largó el fútbol. Para hablar con él también hay que hacer una llamada de larga distancia. No es a Manchester. Es a la Unidad 6 de Rawson, Chubut. Ahí cumple una condena por robo. Antes del último traslado peregrinó por Devoto y Ezeiza.

Los Díaz son una familia trabajadora de Floresta. Carlitos y sus dos hermanos hicieron el baby en el club. Su hermana hizo patín. “Tranquilamente podría estar en la primera de River o en el exterior. Era volante por la izquierda y en ese puesto, no hay jugadores”, dicen los que lo vieron jugar. A Carlitos le faltan nueve meses para recuperar su libertad. Está en prisión desde hace un año y medio. Recibe la carta que le explica la propuesta para charlar. Responde por teléfono: “Recuerdo ese viaje a Chascomús. Bajamos del micro y Tevez salió corriendo a treparse del travesaño. Se cayó y le quedó la mano enganchada en la red. Terminó en el hospital con diez puntos de sutura. Al otro día jugó vendado; hizo un gol olímpico”.

El verdadero Carlitos está en rehabilitación. Es una lesión dura: su adicción a las drogas. “Hice sufrir mucho a mi familia, ahora valoro mucho lo que hacen por mí, por eso me quiero recuperar bien”, dice, desde la misma cárcel en la que en 1973 asesinaron a 16 presos políticos. La comunicación cierra con otra anécdota, entre risas. “Fuimos con Rulo y Tevez a jugar a Córdoba un campeonato de verano para Villa Real. Perdíamos 1 a 0 en la final. Faltando 5 minutos nos cobran un penal a favor. Pateó Tevez. Lo erró. Siempre lo cargábamos con que nos cagó ese campeonato.”






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