Culturas / Edición Impresa
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el Chick Lit está entre nosotros

Esos libros que leen las mujeres

La moda comenzó en Estados Unidos. Ahora algunas autoras argentinas también se animan a escribir exclusivamente para chicas que sólo quieren divertirse.

Roka Valbuena
21.10.2008

En los últimos tiempos ha surgido cierto subgénero de narrativa posmoderna consciente del pop, escrita, básicamente, por mujeres jóvenes, y que se llama chick lit. Unos dicen que este subgénero, proveniente del género romántico, se forma con dos conceptos acortados: chick que, en argot americano, es chica, y lit, que acorta a la literatura. Otros proponen que a la palabra chick le sobra una k y que lit sigue acortado para que así se pueda montar otro significado: literatura chic. Lo cierto es que ambas propuestas de traducción se pueden acomodar, con toda tranquilidad, en una sola frase: literatura para chicas chic.

Por supuesto, el chick lit nació a raíz de una tendencia social. Nació, en parte, con las oleadas de feminismo de los años 50. En ese entonces, las mujeres comenzaron con el consumo de folletines y novelas románticas. Pero la mujer, con el tiempo, modernizó sus preocupaciones. Y hace más de diez años, en 1995, apareció una antología de textos irónicos que sus compiladores, Cris Mazza y Jeffrey DeShell, en quizás un arrebato de inspiración accidental, titularon Chick lit: ficción postfeminista. Desde entonces, la expresión se volvió poderosa. Las editoriales tomaron ese nombre, se encerraron en sus laboratorios y, al tiempo, salieron con un subgénero literario en las imprentas.

El inicio del fenómeno, con sede original en Nueva York y Londres, se debió a textos ya legendarios. De los primeros fue El diario de Bridget Jones, escrito por Helen Fielding. El libro tuvo ventas millonarias. Empezaron a salir autoras. Entre otras, Plum Skyes (Las rubias de la 5ª Avenida y A por todas) y, cómo no, Candance Bushnel, autora de Sexo en Nueva York, casi una carta de principios de esta literatura y que llevó el subgénero a la televisión con Sex and the City. Esos personajes, un cuarteto de treintañeras, encarnaron a la perfección las búsquedas del público chic(k) y también, pero muy poco, del público lit(erato).

MADE IN BUENOS AIRES. Pero ha sido hace unos meses que el chick lit fue nacionalizado por una editorial local. El chick lit se argentinizó gracias a una nueva colección sacada por editorial Sudamericana, a través de su sello Plaza & Janés. En la editorial sentían que las traducciones y las diferencias nacionales distanciaban al chick lit de las lectoras argentinas (porque estos libros son únicamente leídos por mujeres). Así nació la colección Chick Lit con sede literaria en Buenos Aires. Han sacado a la venta cuatro novelas: Luz, cámara, acepto, de Julia Larotonda; Mi libertad por un novio, de Viviana Kahn; Sábados de súper acción, de Verónica Schulman, y, hace unas semanas, Tenemos que hablar, de Celia Dosio.

El chick lit argentino sigue la tendencia anglosajona: vida de mujeres independientes, aspirantes a la sofisticación, liberadas sexualmente, con angustias domésticas y sentimentales. En estos textos, un mal corte de pelo puede alimentar un dramático capítulo. Una espinilla de la protagonista la puede llevar a una decisión fatal. Un viaje al supermercado tiene las mismas connotaciones líricas que el viaje de Ulises. Reflexiones existencialistas se pueden suceder esperando el llamado de un pretendiente. En fin, es la liviana epopeya de la mujer urbana del siglo XXI. Ellas, las protagonistas de estos libros, mujeres de entre 25 y 35 años con poder adquisitivo (porque si algo se ahorran estas novelas es la angustia de la supervivencia económica), relatan con humor ácido, sin pretensiones narrativas, las peripecias convencionales de una argentina de clase media-alta que, muchas veces, resulta ser una antiheroína. Y si el chick lit original tiene como escenario el Soho de Manhattan, acá el cambio es brutal: las cosas suceden en el Soho de Palermo.

La respuesta de las lectoras ha sido positiva. Desde la editorial (la única que trabaja el subgénero hasta el momento) informan que estos libros venden cerca de cuatro mil ejemplares al mes. Dicen que había un nicho por explotar. Por eso en la editorial han encargado libros con tramas forzadas.

Es que en la editorial están contentos. La editora, Florencia Cambariere, lanzó su optimismo: “Son novelas que buscan el entretenimiento con cierto piso de calidad. Los personajes producen identificación por una acumulación de lugares comunes”. Florencia Cambariere, en todo caso, tiene asumido algo: “Plantean conflictos banales que, sin embargo, son los conflictos de las mujeres”. Agregó: “Los problemas tontos son parte de la vida”. Al otro lado del teléfono, el interlocutor, un hombre salvaje, obligado lector del chick lit, se impresionó: quizás sea cierto, quizás son novelas banales compradas por cuatro mil lectoras mensuales ansiosas de identificación. O quizás no. Lo que ocurre es que un lector hombre promedio, como el que suscribe, no sentirá empatía con estos libros. Un lector hombre no sentirá emoción cuando un personaje masculino de tal novela mire a la protagonista directo a los ojos, estremeciéndola por varios párrafos, y le pida el e-mail. Tal vez una lectora mujer sí.

Celia Dosio, neo chick lit porteña, autora de ese libro, Tenemos que hablar, dijo que su desafío fue escribir una comedia romántica al tiempo que hablara del Buenos Aires de hoy. Dijo, también, que quería escribir una novela que entretuviera a sus amigas. Hacia esa ambición moderada parece que apuntan estas épicas mundanas. Poniendo atención no tanto en el amor, sino en la amistad. Poniendo atención no tanto en los oscuros clásicos, sino en la iluminada revista Cosmopolitan. Y así estas escritoras, sin querer mover los cimientos de la literatura universal, seguirán escribiendo para sus lectoras. Así seguirán su camino, imperturbables, porque, bueno, todo indica que en la variedad de gustos están los éxitos de ventas.






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