Culturas / Edición Impresa
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José Pablo Feinmann habla de su nuevo libro y de los medios

“Apaguen el televisor de la teología medieval”

Acaba de publicar una obra de 800 páginas donde retoma sus clases de filosofía. De Descartes a Baudrillard, una mirada crítica sobre la sociedad contemporánea.

Hernán Brienza
23.10.2008

José Pablo Feinmann se encuentra en su búnker de paredes bermejas y bibliotecas de madera repletas de libros. Está sentado en su escritorio y lee en voz alta fragmentos de su próxima novela. Está entusiasmado con su nuevo trabajo, va y viene por las 140 páginas y por momentos dice: “Mirá, mirá lo que le dice tal persona a la otra. Es impresionante”. Por momentos parece alienado; habla de los personajes literarios como si fueran seres humanos reales de la historia argentina. Por momentos, regresa a la realidad y analiza lúcidamente la violencia de los años setenta. Después de veinte minutos de charla, se detiene y dice: “Bueno, empecemos con la nota sobre el nuevo libro porque si no no vamos a tener tiempo”. Se refiere a La filosofía y el barro de la historia, el voluminoso tomo que recorre el pensamiento moderno de René Descartes a Jean Baudrillard, y que se concentra en Hegel, Marx, Heidegger y Sartre, entre otros.

–¿Por qué escribió un libro que tiene casi mil páginas cuando el mercado editorial aconseja que para vender no tenga más 250 páginas?

–Es que no lo hice para el mercado editorial. El origen de este libro, ya lejano, es en 2004, cuando di un curso anual que se llamaba “La filosofía y el barro de la historia”. Después, salieron los fascículos de “¿Qué es la filosofía?”, pero el libro no es una introducción a la disciplina. Iba escribir 20 capítulos y llegué a 55. Pero es un libro escrito, no son las clases, aunque está dirigido a un auditorio, con un lenguaje coloquial.

–¿Es un libro de divulgación filosófica?

–No. Es un ensayo, definitivamente. Tomo posición en cada uno de los problemas que abordo. Pero también se puede aprender filosofía. Yo no diría que es de divulgación, porque no creo en ella. Lo que es difícil es difícil. Si usted quiere leer este libro rómpase el culo, no todo puede ser fácil. Yo no salgo a bajar el nivel, a veces cedo en algo, algún guiño. Como en mi programa de televisión, por ejemplo, que a veces hablo de mercancía y toco una silla.

–¿Se podría decir que Filosofía y nación era el libro de la filosofía de la aldea y éste libro tiene una pretensión más global?


–Podría decirse eso, pero es una visión desde la aldea. En el prólogo, Franco Volpi, que es un filósofo muy importante en Europa, es el traductor de Heidegger al italiano, se entusiasma con mi libro y me trata de loco, me dice que soy como un salvaje que exhibe que la filosofía está viva, porque entro en un bazar rompiendo todo. En Europa nadie se atreve a algo así porque cuidan las cátedras, los cargos, asegura él. La aldea puede patear el tablero de la centralidad.

–Usted recupera lo salvaje, como el caudillo federal Felipe Varela, y dice que la víctima quiebra el devenir de la razón, ¿por qué?

–Es muy de Heidegger eso, lo que pasa es que nunca pensaría en Felipe Varela. Pero él dice: “Todo lo que hizo el tecnocapitalismo fue destruir el planeta”, y lo que hicieron Mitre y compañía fue introducir el tecnocapitalismo en el país, por eso los Varela pasan a ser el símbolo del país que podría haber sido.

–¿Por qué a Heidegger se lo rescata tanto desde la izquierda como desde la derecha?

–Yo rescato al Heidegger de Ser y tiempo, y algunos elementos de la segunda etapa y marco mucho el nazismo de Nietzsche. De Ser y tiempo, extraigo la filosofía del sujeto y de la conciencia, o sea Sartre, y después la crítica a la técnica, pero con el sujeto que puede enfrentar a esa técnica. Éste aparece en la Crítica a la razón dialéctica, de Sartre, y muy tardíamente en Michel Foucault, pero la paradoja es que en este último hay crítica, pero no hay sujeto que se rebele como el poder.

–Y usted es partidario de un existencialismo liberador.

–Soy un existencialista foucaultiano.

–Y optimista.

–No, ya no soy optimista.

–El final de su libro dice lo contrario.

–Pero en el final hay sólo algunos elementos individuales. O sea yo digo: “Mientras todo el mundo se hace mierda, en algún lugar, Martha Argerich interpreta una sonata, un arquero ataja una pelota”.

–Sí, si quiere miéntame, pero ese final es un aleph borgeano que sostiene de alguna manera el universo y su corrupción.

–Es posible, pero es el universo que yo rescataría. Pero allí no entra las torturas, Irak, es un universo personal.

–Pero el final resignifica todo el texto.

–En realidad todo el libro es una demostración de la atrocidad de la razón occidental desde Descartes hasta los post modernos. Y digo que el encierro en el lenguaje es la filosofía del régimen. Lo que busca responder mi libro son las condiciones de las posibilidades de la rebelión y defino al ser humano en tanto es ser humano que se rebela.

–¿La relación entre el sujeto comunicacional y el imperio comunicacional es dialéctica?


–El libro parte del sujeto cartesiano y el capitalismo pone al hombre, pone al sujeto y dice acá, desde la subjetividad hacemos la historia, después viene la Revolución Francesa y añade con Nietzsche la voluntad del poder. Ese sujeto cuestionado, descentrado, que le metieron el inconsciente está más fuerte que nunca porque son los medios de comunicación del imperialismo. Controlan al mundo. Nicolás Casullo decía que la derecha no tenía partidos sino que son los medios de comunicación, es el partido de los Estados Unidos. Construyen la información. Tienen un dominio oligopólico con el cual construyen el mundo. El nuevo golpe de Estado es a través de los medios. El campo no tuvo representación política pero sí mediática.

–¿Cómo hace una persona que está conectada 16 horas para desalienarse?

–Dudar de todo como Descartes, y él sí tenía una tarea pesada, enfrentarse a toda la teología medieval. Hoy yo aconsejo apagar el televisor de la teología medieval y ponerse a pensar.

–No se puede estar afuera de los medios de comunicación.

–Se puede, yo estoy afuera.

–No, porque cuando usted me habla de tal o cual cosa que dijo alguien en un medio ya está adentro.

–Bueno, pero yo tengo una postura crítica. Mi existencialismo liberador consiste en que el agente práctico puede ser tal, en cuanto tenga conciencia crítica. Yo me tengo que alejar de lo fáctico. Estar atrapado es cuando uno compra el discurso de manera cerrada, creo yo, por ahí me compran por otro lado. Pero la historia de la filosofía tiene que ver con la ruptura de lo dado.

–Por favor, explíquele a mi madre para qué sirve su libro.

–Le podría decir que no sirve para nada, que no va a cambiar nada, pero creo que sirve para que aprenda filosofía, y el arma de la crítica. Después no creo que sirva para nada más. Un libro que no sirve para que en el mundo se deje de torturar, no sirve para nada.






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