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Opinión

El juego de los errores

Martín Caparrós
27.03.2008
Quizás el primer error no haya sido un error sino coherencia, triste coherencia. Cuando el Gobierno decidió imponer sus nuevas retenciones, tenía otras formas de hacerlo: por ejemplo, exceptuando a los pequeños chacareros. Dos tercios de los productores agrarios del país tienen menos de 200 hectáreas; entre todos juntan sólo el 3% del total de las tierras. O sea que dejarlos afuera habría costado, grosso modo, el 3% de la recaudación total del nuevo impuesto: alrededor de 50 millones de dólares, un vuelto. Con ese formato, la oposición a las retenciones no habría tenido masa crítica: habría podido transcurrir, si acaso, en despachos y restoranes finos, pero no en las rutas. No se habría producido el desabastecimiento que afecta a cada vez más gente, no habrían salido por televisión esas imágenes de chacareros modestos preocupados por su fuente de trabajo, y el impuesto habría tenido otra legitimidad: habría sido un pequeño intento redistributivo. No lo hicieron; puede que haya sido un error, pero es más probable que haya sido coherencia: como se ha dicho en este diario, el proceso de concentración económica no para y las grandes empresas siguen beneficiándose más y mejor que nadie. Pero, si fue coherencia, no supieron calcular sus consecuencias. Fue el primer gran error.

El error siguiente del Gobierno fueron esos días de inmovilidad e intransigencia mientras el movimiento crecía y se recalentaba: supusieron, supongo, que se caería por su propio peso, y pasó todo lo contrario. Hasta que llegaron las frutillas de la torta, por ahora. El primer error del martes fue el discurso de Kirchner: ¿cómo puede ser que un aparato político poderoso, que goza de todos los recursos del Estado, no alcance para prever que un discurso de confrontación iba a tener el resultado incendiario que finalmente tuvo? ¿No tiene la señora presidenta gente que compulse la famosa opinión pública, que le aconseje gestos que la favorezcan, que le proponga soluciones que solucionen algo?

Y, enseguida, el segundo error bruto: mandar tropa para “reconquistar la Plaza”. ¿No pensaron que esas imágenes de violencia en la calle, magnificadas por la falta de policía –que alguien desde el Gobierno retiró–, serían tan irritantes, tan contraproducentes para sus intereses? ¿No pensaron que, llegado este punto, sus aliados estarían en problemas y empezarían a mirarlos con recelo? En los últimos días, los gobernadores, los intendentes, los sindicalistas, los legisladores de las provincias productoras –que parecían incondicionales– se debaten entre apoyar al Gobierno que los financia y pelearse con las personas que los votan, o viceversa. Algunos empiezan a elegir viceversa, y el Gobierno se va debilitando.

La crisis se va a resolver de algún modo, aunque todavía no esté claro cuál. Lo que seguirá siendo, después, preocupante es la incapacidad: ¿van a seguir cometiendo errores tras errores? ¿Será que realmente no saben lo que hacen? ¿O todo tiene una lógica que no consiguen explicarnos?
Jueves 29 de diciembre
Año VIII | Edición Nº781






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