Culturas / Edición Impresa
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la moda de la revolución de mayo: pertenecer tenía sus privilegios

Sólo los héroes usan levitas

El peinetón marcaba la diferencia entre criollos y españoles. La seda era para la aristocracia y el algodón fue el símbolo de la democratización de la vestimenta. Lo fashion en el 25 de Mayo y el paraguas que nunca existió.

Patricia Ferrante
24.05.2008

A sólo dos años del Bicentenario, la Revolución de Mayo es objeto de revisiones de todo tipo: se rescatan idearios políticos, se vuelve a dar significados a la Nación, se investiga con afán en la vida privada de aquel entonces y los “héroes de Mayo”, aquellos hombres que ilustraron la vida escolar de los últimos 100 años, se discuten en la escena contemporánea con renovada actualidad. No obstante, una imagen permanece inalterable, y es aquella del Cabildo rodeado de hombres elegantes, con paraguas y galera y alguna que otra mujer vestida de dama antigua. Dicha imagen se traduce una y otra vez en actos escolares, donde nunca fallan la señora de peinetón y falda con volados, un French, un Beruti, muchas escarapelas y la célebre negrita que vende empanadas desde el anonimato de la pobreza, siempre acompañada por el también negro vendedor de velas, ambos cubiertos por harapos. Salvo por el paraguas, que es un invento mas tardío, la imagen es bastante fiel: los modos de vestir, hacia 1810, no sólo determinaban modas sino que, sobre todo, mostraban el lugar de pertenencia de cada uno. Y los revolucionarios, qué duda cabe, eran la elite, único grupo social autorizado para llevar sobre sí todos los atributos de lo que se consideraba “gente decente”.

Regina A. Root, profesora de letras en el College of William and Mary en Estados Unidos, editora de The Latin American Fashion Reader (Berg Publishers, 2005) y autora de Couture and Consensus: Fashion and Politics in Postcolonial Argentina (University of Minnesota Press, 2009) es una de las pocas académicas que se especializa en la moda de principios del siglo XIX en el Río de la Plata. Root confirma a Crítica de la Argentina que los revolucionarios de Mayo hicieron patria vestidos a la europea: “A partir de 1810, se observan tendencias en la moda que se afiliaron después con el panorama político nacional. Mientras que se conservaban costumbres españolas de la antigua colonia en las provincias, en Buenos Aires surgió una tendencia para las modas inspiradas en la Revolución Francesa.

La moda comenzó a diseminar nuevos significados del concepto de ciudadanía porque la Revolución Francesa estableció una conexión muy fuerte entre la indumentaria y los valores democráticos. Aun los textiles se asociaron con estos valores: la seda se convirtió en símbolo de la aristocracia indolente mientras que la lana y el algodón reflejaron la pérdida de poder noble y se asociaron con la idea de una indumentaria más accesible para todos”. De todos modos, dejar las marcas de clase tomaría un poco más de tiempo. Las sedas y los accesorios de lujo siempre sedujeron a las señoras de la elite porteña. Las crónicas de los viajeros de la época dan cuenta de la fascinación que ejercían estas mujeres que mostraban el escote y pasaban horas arreglándose el pelo con verdaderas esculturas en la cabeza que adornaban con joyas o con flores. Ningún ideal republicano podía ser tan fuerte como para dejar el lujo a un lado de un día para el otro.

“La Revolución de Mayo significó una convulsión general de toda la sociedad”, dice a Crítica de la Argentina el historiador Gabriel Di Meglio, “no hay nadie que haya vivido en esa época que haya podido ser indiferente a los sucesos públicos. Una de las marcas más grandes de la revolución es que involucra a todos, no hay nadie que haya vivido en esa época que no haya sentido que estaba viviendo una transformación total. Es interesante que si se lo mira en la moda, es un ámbito que no cambia tanto a priori. Si bien las imágenes de 1810 son muy escasas, no difieren tanto de aquellas del período colonial”. Por lo pronto, en aquel entonces vestirse era tan caro que la ropa era la marca más fuerte de pertenencia social y, según apunta Di Meglio, un objeto de delito bastante común: “En Buenos Aires, comer siempre fue barato, pero vestirse era muy caro. De ahí que buena parte de los asaltos fueran para robar ropa, la gente salía a desnudar, a sacarle la ropa a alguien. Los cálculos que hay indican que un artesano, trabajando de modo constante, necesitaba todo el ingreso de un mes para comprarse una camisa y un pantalón. Eso hacía que la ropa marcara mucho la diferencia social”.

Estas reglas, ya no escritas como en la colonia, siguieron operando y marcando modos de ser y de parecer de los distintos sectores de principios del siglo XIX. “Lo que usaban los hombres de la elite porteña, todos los próceres de la Revolución de Mayo era levita o frac, este saco largo, y a veces un capote. Sólo ellos podían usar levita. No se trataba sólo de una cuestión económica, marcaba quiénes eran del círculo de la elite porteña. También se distinguían por la galera y los culottes, esa prenda que acá llego de la mano de la moda francesa, que es el pantalón de Belgrano, como un pantalón de montar y tres cuartos que en París da lugar a que a quien no lo tuviera se lo llamara sans culotte, que es la plebe, los pobres. Acá no se les decía así, pero sí se usaba el término descamisado, que después cobra otra relevancia, pero en aquel entonces señalaba a aquellos que no podían tener una camisa o una prenda que les tapara el cuerpo. Los pulperos, los artesanos, los comerciantes solían usar chaquetas a la cintura a veces de cuero, a veces de tela, pantalones de distinto tipo y pañuelos en la cabeza, al estilo pirata o Favio, que era una costumbre española. En la zona rural se usaban el poncho y el chiripá, y abajo del poncho lo que hubiera. Los esclavos usaban la ropa dejada por los amos hasta que no quedaba nada, hasta que eran unos girones y se deshacían. Mucho más que en períodos posteriores, la sociedad de la revolución tiene una marca en la vestimenta que señala claramente quién pertenece a qué lugar.”

Root coincide con esta idea de que la revolución, si bien consiguió la independencia, no logró un cambio inmediato y profundo del espíritu de la época. “En la antigua colonia se mantenía un sistema de castas que dictaba lo que cada clase social podía llevar y hasta comer. Servía para privilegiar al peninsular y así mantener el orden colonial. La independencia debió cambiar este orden radicalmente, pero la realidad es que se preservaron casi todas las construcciones de diferencias culturales, raciales y étnicas a lo largo del siglo XIX.”

Las mujeres de la elite, vistas desde hoy, parecen más bien miembros de la nobleza: “Llevaban estilos europeos con accesorios como guantes, collares y pendientes, abanicos que tal vez revelaran algún mensaje patriótico escondido, y una mantilla española. En esta época la mujer de la clase trabajadora solía utilizar rebozo y ropa reciclada. La poesía popular nos indica que las mujeres de pocos recursos ahorraban dinero durante mucho tiempo para lucir un vestido nuevo y tal vez un peinetón en las fiestas mayas”. La moda española de la peineta dio lugar a un accesorio característico de estas tierras. Sobredimensionada, la peineta se convirtió en peinetón, podía llegar a medir 120 centímetros y fue blanco de humoradas de la época. Sin embargo, Root encuentra una clara simbología revolucionaria en el peinetón, que se impuso durante 20 años pero alcanzó a dejar una marca profunda. “Sin duda, el peinetón llegaría a definir el período revolucionario, aunque no se haya notado inmediatamente en 1810. Usada por mujeres revolucionarias, el peinetón distanció a la Argentina de las costumbres españolas, que incluía el uso de la mantilla. El peinetón le dio a la mujer que lo usaba una presencia inevitable. La cultura popular de la época imagina a grupos de mujeres en peinetones agrandados negándoles acceso a los hombres en la vía pública: es como si se hubiera usado el accesorio para declararse en contra de la vanidad política de aquellos líderes que habían profesado los ideales de la independencia sólo para negarle la ciudadanía a la mujer. El peinetón sigue evocando el espíritu de independencia argentina, y se ve tanto en las fiestas mayas actuales como en el montaje inspirado en las costumbres antiguas argentinas que se publicó en la revista Vogue para promover, irónicamente, los estilos del diseñador francés Jean Paul Gaultier. Algunos autores y artistas argentinos, como María Silvia Corcuera Terán, han evocado el peinetón icónico en varios momentos de su obra para exponer conflictos no resueltos, recuperar la dignidad del sujeto humano en el marco del proceso de la reconstitución nacional y representar la independencia de todas las fuerzas de dominación.”






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