Central / Edición Impresa
Central / Edición Impresa

La transformación del mapa religioso argentino

A llorar a otra iglesia

En la última Cumbre de Obispos Latinoamericanos hubo un debate excluyente en torno de una cifra: el catolicismo argentino perdió un veinte por ciento de fieles. Cada vez son menos los católicos que concurren a misa, mientras que aumentan las uniones de hecho, contra un descenso del treinta por ciento de los casamientos por iglesia. Tanto la reconfiguración de las identidades religiosas como el catolicismo de baja intensidad –dicen los especialistas– son parte de una quiebra del monopolio sobre las creencias, a favor, especialmente, del evangelismo. Al fondo del paisaje, grupos de ateos y apóstatas comienzan a hacer ruido. Éstas son sus historias.

Josefina Licitra
12.03.2008

Rodrigo de Arzave tenía dieciséis años y algunas preguntas. Había recibido el bautismo, la comunión y la confirmación, y concurría a un colegio católico en Azul, provincia de Buenos Aires. Las preguntas de Rodrigo eran privadas, hasta que una mañana faltó un docente y en su reemplazo fue el director de la escuela: quería hablarle al curso sobre Dios, la Iglesia y el espíritu cristiano.

–Hay algo que no entiendo –interrumpió De Arzave–. ¿Por qué, si ante los ojos de Dios somos todos iguales, yo tengo que respetar lo que diga el Papa?

Hubo risas, después un silencio.

–Y bueno –contestó el director–, si así no te gusta, hacete protestante.

Rodrigo de Arzave no se hizo protestante, pero desde entonces sólo cree en sus propias preguntas. Y no cree en Dios. Desde hace ocho años (ahora tiene veinticuatro) forma parte del 90% de “empadronados” en el catolicismo que –según un relevamiento realizado por la socióloga Marita Carballo–, en pleno auge mundial de los pensamientos místicos y los fundamentalismos religiosos, se distanciaron de la Iglesia sia por falta de fe, por indiferencia o por discrepancias de la institución. Hay muy pocos datos oficiales sobre esta tendencia –o al menos la curia no hace pública toda la información que posee–, pero distintos estudios pueden dar idea de una “fuga del catolicismo” que preocupa al mundo eclesiástico. La inquietud es tal que en la Cumbre de Obispos Latinoamericanos y del Caribe, realizada en 2007, el tema excluyente fue justamente ése: ver cómo frenar la sangría de fieles en la región, un área donde la pérdida se refleja en el cuerpo mismo de la Iglesia. En América latina, donde está el 42,6% de los fieles católicos del mundo, sólo vive el 16% de los sacerdotes. Mientras que en Europa, donde se halla el 25% por ciento de los creyentes, los clérigos llegan al 50 por ciento.

“Se quebró el monopolio católico sobre las creencias, y en su lugar está surgiendo un pluralismo religioso que se manifiesta sobre todo en el crecimiento del evangelismo pentecostal”, afirma Fortunato Mallimaci, investigador del Conicet y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Dicho de otro modo, la pérdida de fieles no implica una baja en los niveles de religiosidad. En su libro Valores culturales al cambio del milenio, la socióloga Carballo refleja este proceso cuando asegura que en 1984 el 62% de los argentinos se consideraba una persona religiosa. Y que en 1999 el número subía a un 81%. ¿Qué pasó y qué pasa, entonces, con la Iglesia tradicional? Para José María Poirier, licenciado en Filosofía, periodista y director de la revista católica Criterio, la Iglesia está teniendo problemas para preservar y presentar su valor simbólico: “Suele decirse que la gente se va de la Iglesia porque cada vez hay menos ‘valores’, y eso es una simplificación absoluta: hoy la sensibilidad frente a los valores se modificó, y la Iglesia está teniendo problemas para adaptarse a ese cambio. La gente se preocupa por temas como la ecología, la pena de muerte, la solidaridad y la corresponsabilidad por una sociedad más justa. Habría que ver por qué la Iglesia no puede erigirse en referente de estos nuevos valores”.

VIVIR SIN FE. No se sabe con exactitud cuántos católicos hay en la Argentina. El INDEC no pregunta sobre pertenencias religiosas. Pero, según estadísticas de la Iglesia, el 90% de la población local profesa el catolicismo, aunque de un modo liviano; en el caso de los porteños, sólo un 10% concurre a misa todos los domingos y cada vez menos parejas se casan por Iglesia (los enlaces habrían disminuido un 30%, según datos del Arzobispado de Buenos Aires). Por fuera de estas pocas cifras no hay ningún otro indicador proporcionado por la curia que permita medir la evolución de la fe católica en el país, o la de su intensidad.

Lo más cercano a una estimación está en los registros del Anuario vaticano: un libro que tiene el grosor de dos biblias, que se confecciona anualmente en Roma y que registra, por diócesis, los bautismos, las comuniones, las confirmaciones, los casamientos y las extremaunciones que se dieron en todo el mundo, a lo largo de un año. En la Argentina hay sólo dos anuarios: uno lo tiene el arzobispo (sólo él puede consultarlo) y el otro solía estar en la Universidad Católica Argentina, supuestamente a disposición del público. A pesar de los insistentes pedidos para realizar esta nota, resultó imposible acceder a ese segundo ejemplar: figuraba en el inventario, pero en los hechos no aparecía. “El anuario es como Dios: todos dicen que existe, pero es imposible verlo”, ironiza Guillermo Duarte, 44 años, bautizado y ahora miembro de la Asociación Civil de Ateos en Argentina (Argatea). Y denuncia: “Si el anuario apareciera, quedaría en evidencia la pérdida de fieles que está sufriendo el catolicismo, y ello significaría una pérdida de poder de la Iglesia, que a su vez se traduciría en números: según el Registro Nacional de Cultos, la Iglesia recibe del Estado 18,1 millones al año”.

El aporte que el Estado le realiza a la Iglesia Católica es consecuencia de una “libre interpretación” del artículo 2º de la Constitución Nacional, donde se lee que el Estado debe “sustentar” el culto católico apostólico romano. Para constitucionalistas como Germán Bidart Campos, la palabra sustentar no significa, necesariamente, apoyar de un modo monetario. Pero hasta el momento la lectura que se hizo fue ésa: el Estado respalda económicamente a la Iglesia a través de exenciones y desgravaciones impositivas por sus actividades y patrimonios, y subsidios a la educación católica y privada.

Los 18.100.000 pesos previstos para 2008 se usarán, entre otras cosas, para pagar la jubilación de los sacerdotes, las canonizaciones, el mantenimiento de parroquias y las visitas de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica al Vaticano. Aparte de este monto, está el dinero destinado a subvencionar los colegios confesionales, que reciben del Estado entre el 80 y el 100% del dinero necesario para pagar los sueldos de maestros y profesores. La AFIP denunció que el 12% de los colegios privados porteños no cumplen con el requisito de informar en las facturas el porcentaje de aporte estatal que perciben, es decir que es bastante complicado conocer el importe total destinado a instituciones privadas en todo el país. Lo que sí se sabe es que, sólo en la Ciudad de Buenos Aires, el año pasado los colegios recibieron del Estado 320 millones de pesos. En la provincia de Buenos Aires hay casi cuatro veces más escuelas privadas que en la ciudad.

APÓSTATAS Y ARREPENTIDOS. “La pérdida de fieles en el catolicismo no equivale a una pérdida de poder de la Iglesia argentina –subraya Mallimaci–. En este caso, y comparando con otros países, la Iglesia sigue muy vinculada al Estado. La sociedad política aún hoy busca legitimidad en la Iglesia Católica. Y ésta, a su vez utiliza a los partidos políticos”. La estrechez de este lazo hace que Argatea actualmente esté trabajando en un proyecto de ley que promueva un Estado laico. La impulsora de este reclamo es Cristina Ferreyra, quien se hizo conocida en noviembre de 2007 por ser pionera en el trámite de apostasía en la Argentina.

La apostasía es una síntesis posible, aunque estadísticamente reducida, de la pérdida de presencia real de la Iglesia: hay cada vez más personas, en la Argentina y en el resto del mundo, que no sólo dejaron de creer (en Dios o en la institución católica), sino que quieren que esa ausencia de fe tenga un correlato legal. El caso de Ferreyra es paradigmático: fue bautizada, tomó la comunión, hizo la confirmación, se casó por Iglesia y bautizó a sus dos hijas. Hasta que se divorció y empezó, como Rodrigo de Arzave, a hacerse preguntas. “Desde entonces, estoy convencida de que tiene que haber una realidad construida desde el ateísmo –opina Ferreyra–, y esa realidad no es la que refleja el Anuario vaticano, interesado en inflar el número de fieles para obtener mayores beneficios ligados a una supuesta representatividad social que no responde a la realidad”.

Los principales movimientos apóstatas están –según estima José María Poirier– en Italia y España, dos países de marcada tradición católica. Pero el auge mundial de viejas y nuevas religiosidades, modos de creer y fundamentalismos genera también reacciones paradójicas. Es lo que sucede en los Estados Unidos, donde el creacionismo que abjura de Darwin y de la Teoría de la Evolución disfruta de un fuerte sustento cultural. En ese país, los últimos librepensadores acorralados –aterrados– generaron una tanda de best sellers que incluye títulos como El fin de la fe: religión, terror y el futuro de la razón; Rompiendo el hechizo; El engaño de Dios; Dios no es grande; y Tratado de ateología, un éxito de ventas donde su autor –Michel Onfray– asegura que creer en Dios es como creer en Papá Noel o en los Reyes Magos. En nuestro país el libro Hijos sin Dios. Cómo criar chicos ateos (de Alejandro Rozitchner y Ximena Ianantuoni, casados entre sí y padres de dos niños) empezó a abrir tímidamente el mercado editorial de los hombres de poca fe.

Tanto Rozitchner como Ianantuoni, como buena parte de los miembros de la Argatea, ertenecen a la “clase media intelectual”, el círculo donde, de acuerdo con el teólogo y ex sacerdote Rubén Dri, el ateísmo tuvo siempre su mayor anclaje. “Es evidente que hay un proceso de secularización, pero éste abarca fundamentalmente a este grupo social, y así y todo no creo que no crean en nada: sustituyen sus símbolos, y colocan la idea de trascendencia en la ‘revolución’ o en la imagen del Che –asegura Dri, aludiendo en realidad a una época pasada–. En cuanto a los sectores populares, en general no han entrado en el proceso de secularización. En todo caso, no son los sacramentos de la Iglesia Católica los que satisfacen su hambre de misterio”.

SE BUSCA OTRO DIOS. En los últimos cincuenta años, en la Argentina –según datos de la última Cumbre de Obispos Latinoamericanos y del Caribe–, el catolicismo perdió un 20% de fieles. Es mucho tiempo a escala de periodismo diario y virtualmente nada a escala vaticana: dos mil años de historia. De ese 20% sólo un 5% corresponde a gente que se volcó al ateísmo. El resto, simplemente, llevó su fe lejos del catolicismo. Iván Petrella, teólogo doctorado en Harvard, hijo del ex vicecanciller Fernando Petrella y autor del libro Dios: manual de uso para demócratas, es concluyente respecto de este dato. “La secularización, en realidad es un mito”, asegura. Y agrega que el verdadero desafío de la Iglesia no reside en frenar la estampida de ateos, sino en lograr que el progresismo encuentre una forma de apropiarse de la idea de Dios. “El conservadurismo de la Iglesia Católica latinoamericana es relativo –opina Petrella–. Hay que separar el Vaticano de lo que pasa en las bases. Si vas a las villas del conurbano, casi siempre vas a ver una capilla católica que funciona como centro de asistencia social. Por este motivo, ha sido un error del progresismo dejar el campo de la religión exclusivamente en manos de los grupos conservadores. El discurso secular aleja a los progresistas de la mayor parte del pueblo”.

Petrella es especialista en Teología de la Liberación: una corriente eclesiástica que, principalmente en la década del 70, logró unir la idea de progresismo con la de Dios. La principal pregunta que se hacían los llamados sacerdotes del Tercer Mundo era cómo ser cristiano en un continente oprimido y cómo conseguir que la fe no fuera alienante, sino liberadora. Los párrocos que practicaban y aceptaban estos supuestos fueron, en buena parte, asesinados. Desde entonces, la idea de un Dios católico pasó a formar parte del capital simbólico de las clases conservadoras, dejando cada vez más afuera a las clases medias y bajas. Y en Latinoamérica, donde el 40% de la población vive por debajo de la línea de la pobreza, las consecuencias de esta expulsión empiezan a sentirse.

ESTAMPITAS

  • En los últimos 50 años, en la Argentina el catolicismo perdió un 20% de fieles, según datos de la última Cumbre de Obispos Latinoamericanos y del Caribe.
  • En su libro Valores culturales al cambio del milenio, la socióloga Marita Carballo revela que el 78% de los argentinos se reconoce como católico, pero sólo el 8% va a la iglesia semanalmente.
  • Según datos del Arzobispado de Buenos Aires, en los últimos diez años los casamientos por iglesia en la Capital disminuyeron un 30 por ciento.
  • Mediciones de la agencia Gallup realizadas en 2003 indican que el 71,5% de los argentinos se declara católico, una proporción que históricamente superaba el 90%. Es decir que la cantidad de católicos cayó en casi un 18,5 por ciento.
  • Una encuesta realizada por investigadores de la Universidad Nacional de Quilmes, en 2000, en el conurbano bonaerense revela que el 77,5% de los habitantes se declaran católicos, contra el 86% de la generación de sus padres. La caída es de un 10%.
  • Un estudio realizado por Fortunato Mallimaci señala que el 10,2% de los pobladores del Gran Buenos Aires dice no pertenecer a ninguna religión, superando en cinco puntos a los miembros de la generación de sus padres.
  • Las uniones sin papeles ni iglesia están en su pico histórico. La lectura del último censo realizada por Susana Torrado, socióloga del Conicet y experta en demografía social, muestra que las mujeres porteñas de entre 25 y 29 años eligieron las uniones consensuales (frente a las civiles y eclesiásticas) en un 42,7%. En la década del 70 esta cifra era apenas del 1,6%.






Herramientas de Usuario
© 2008 - 2009 Copyright Crítica de la Argentina - Todos los derechos reservados
Registro ISSN: 1851-6378.
Se permite la utilización total o parcial de los artículos sólo citando la fuente.
Maipú 271 - C1084AAN - Ciudad Autónoma de Buenos Aires // Tel. (+5411) 5300-4200
NetLabs   IAB   Datahost