Sociedad / Edición Impresa
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El placard

“El conurbano no es gay friendly”

El 27 de junio se lanzó en Morón la mesa de Coordinación de Políticas de Género y Diversidad Sexual.

Luciana Peker
06.07.2008

Bad boys. Hansel de la Cruz, de Hurlingham, Darío Arias, de Laferrere, y Diego Bochichio, de Morón, aseguran que los gays típicos “son de clase media. Los morochitos son discriminados por otros gays”.

¿Sabés las veces que me agarré a las piñas porque me metieron un gol?”, pregunta Hansel de la Cruz (28), de Hurlingham. La remera negra esboza una espalda ancha y su pelo arquitectónicamente parado a fuerza de gomina para ignorar a la ley de gravedad alegan “no me pidan que cabeceé”. Hansel cuenta sus broncas entre piernas cruzadas y hombros que se torean. “Somos gays del conurbano”, define. “Tenés a la mariquita que escucha a Madonna pero también al que labura en una metalúrgica y al que juega a la pelota todos los domingos”, describe Darío Arias (24), comunicólogo de Laferrère, corazón de La Matanza.

Ser gay no es aflojar la muñeca como parodia la televisión en una voz tan finita como ridícula. Ser gay tampoco es –exclusivamente– la avalancha de pantalones ajustados de Santa Fe y Pueyrredón o el consumo G que convirtió a Buenos Aires en una ciudad marketineramente gay friendly. “El gay típico es de clase media alta, de Palermo, San Telmo y Almagro. Pero el conurbano no es gay frendly. Hay chicos que no acceden al boliche gay de Capital porque son morochitos y no se visten cool. Esos pibes son discriminados por los otros gays. La discriminación por clase social atraviesa también el circuito homosexual”, apunta Diego Bochichio (27), de Morón. “Hay otras organizaciones gays que trabajan para una elite. Para nosotros, trabajar esta temática desde el conurbano es todo un punto de vista”, resalta Juan Pablo Panebianco (25), actor y profesor, de Castelar.

Diego, Darío, Hansel y Juan Pablo son cuatro de los 40 jóvenes que forman –desde el 2006– Jóvenes por la Diversidad, una organización que se extiende por el conurbano como las vías de los trenes por donde viajan para reunirse. La ONG trabaja con la Intendencia de Morón –que les presta un espacio para reunirse– y acaba de lograr que la Municipalidad de Lanús abra una secretaría de Diversidad, un organismo que sólo existe en Rosario, una ciudad que nombran como el faro que ilumina al resto del país.

El (otro) sur también existe. Y los otros gays, también. “Somos putos, pero tomamos birra y comemos en Pancho 46. Somos laburantes, algunos metalúrgicos y todos somos hijos de obreros”, cuenta Darío. Su papá levantaba ladrillos, el papá de Hansel era electricista y la herencia de la construcción se nota. Los jóvenes por la diversidad suman barrios como ladrillos: Virrey del Pino, González Catán, Hurlingham, Florencio Varela, Merlo, Villa Luzuriaga, Ramos Mejía, Rafael Castillo, Lanús y José C. Paz.

Ellos son gays aunque para la mirada más vulgar no parezca. “Hay muchos casados o heterosexuales abiertos a nuevas experiencias. No les toques el culo porque lo toman como una ofensa, pero te piden sexo oral o una masturbación. Son vendedores, gomeros, los que vienen a alquilar a un videoclub. El barrio es un gran terreno”, opina Hansel. ¿Secretos escondidos o una sexualidad más abierta? Diego se ilusiona: “Queremos que las nuevas generaciones puedan elegir sin condicionamientos”.

–¿Cómo es ser un gay bonaerense?

Darío: –Me di cuenta a los seis años que era gay y me gustaba un compañero de primer grado. A mí me gustaba Marcelo, pero decía que me gustaba Vanesa. A esa edad sabía que la maestra me iba a dejar de lado o mis viejos me iban a cagar a palos. Pero como la sociedad reprime lo que uno es cuando no condice con la cultura machista y la moral imperante me puse de novio con una mujer, aunque era como besar un poste. Lo tenía que hacer porque si no me comía a la chica más linda de la clase que me tiraba onda mis otros compañeros eran muy crueles. Lo más ofensivo que te pueden decir en la escuela es puto. O, si erraba un penal, puto de mierda. Vivía en un barrio de clase media baja, en una familia de trabajadores que venían de Corrientes y mi viejo se puso a trabajar de obrero en Laferrère. En un barrio de clase baja es más difícil ser gay porque no podés ser tan anónimo como en una ciudad.

Buenos Aires se define gay frendly, especialmente, como una promoción para el homo-turismo.

–¿El conurbano es gay frendly o los gays sin billetera no son bien recibidos?

Diego:
–En algunas zonas de Ramos Mejía está extendiéndose el circuito gay bolichero de la Capital con la misma lógica de abrir negocios y boliches gays para ganar dinero. No es que esté mal, pero eso no implica que la sociedad del conurbano tenga pautas de convivencia gay frendly.

Darío:
–Eso no quita que haya habido avances en el respeto por las diferencias. En Morón hacemos una reunión todos los sábados, a las 20 horas, y nos presta el lugar (que no es sólo para gente de Morón) la Dirección de Juventud gracias al respaldo del secretario de Gobierno, Lucas Ghi. Y, para nosotros, el lugar es importante porque si te reunís en una casa parece que es para hacer fiestas y en un bar tampoco sirve porque hay gente que tiene miedo a exponerse. En Morón venimos trabajando en un proceso muy valioso. Mientras que en Lanús ganó la intendencia, después de 30 años de Manuel Quindimil, Darío Díaz Pérez, que es un referente del peronismo más de centroizquierda. A partir de ahí, empezamos a hablar con la secretaria de Derechos Humanos, Karina Nazabal, que nos abrió la puerta y le propusimos crear un área de diversidad sexual. Ella nos dijo “adelante” y el viernes 27 de junio se lanzó la mesa de Coordinación de Políticas de Género y Diversidad Sexual, la segunda en el ámbito nacional después de Rosario. También en el Concejo Deliberante de La Matanza peleamos para que en la comisión de salud aprueben, hace menos de dos meses, una norma para que a las travestis se las llame en los hospitales por su nombre de opción. Otro pedido es que en La Matanza se haga un proyecto de declaración para incentivar que la Provincia de Buenos Aires apruebe la unión civil.

–¿En qué sienten la marca de identidad de ser jóvenes, gays y del conurbano?

Hansel: –Hay muchos lugares para tener sexo ocasional pero no para conocerse, encontrar la manera de enfrentar la familia y ver el tema del trabajo. Estoy totalmente fuera del closet: lo saben mi familia y mis compañeros de laburo. Mi jefe me decía una cosa muy copada: “Hay que ser muy hombre para decir lo que uno es sin que te importe lo que te digan los demás”. Hay que mostrarle a la sociedad que el gay no es lo que se muestra en la tele: todo vestido de rosa o la loca que va a la marcha del orgullo en pelotas. El hétero piensa que el gay que se pelea rasguña o se agarra de los pelos. Pero yo me agarré a las piñas muchas veces porque me metían un gol injusto en el barrio. Ser gay de barrio es tener potrero.

Darío: –Yo, por ejemplo, detesto la idea de tolerancia. Prefiero que me escupan en la cara a que me toleren. Lo que quiero es que me respeten.
Jueves 29 de noviembre
Año VIII | Edición Nº781






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