Critica de la Argentina | La Peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / 69 entradas / 19,854 comentarios / feed / comentarios feed

Hay un tipo de empleado administrativo que convencido de que su trabajo es una actividad esencial para el desarrollo de la humanidad. Tiene la fantasía de que está a cargo de una embajada o de un ministerio, entonces cuando les pedís el recibo de las expensas, que te de un acolchado sin ticket en la tintorería, o que te mande una moto a las cuatro y cuarto de la tarde, te da una lista interminable de explicaciones boludas que no le interesan a nadie. Yo entiendo que para ellos sus trabajo, con sus reglas caseras o su política almidonada sea muy importante. Pero a mí no me interesa. Me queda de paso. Son un trámite, una escena de transición, plasticola en la rutina. No puedo perder cuarenta minutos escuchando al tarado que arregla el control remoto explicarme con qué partecita de su boludo talonario retiro el producto. ¡No va a pasar! ¡Nadie guarda esos papeles! ¡Más vale que entiendas desde ahora que voy a perder el ticket y que vas a tener que buscar el sobre por mi apellido! ¡La vida es injusta, hamacate!

Sábado, 9.30 pm.

Pido un combinado de 60 piezas en un delivery de sushi, al que llamaremos Sushilandia (sí, somos dos cerdos y el nombre es bien grasa. Es que estoy muy enojada). Gasto $159

Sábado 10.45 pm.

Llega el pedido. Firmo la tarjeta de crédito. ¿Somos locos o bon vivants? ¿Podemos seguir gastando esta plata en sushi y no tener microondas ni haber colocado de nuevo el aire acondicionado desde la mudanza?¿Somos vulgares o extravagantes? ¿Somos tarados o víctimas de nuestra propia gula?

Sábado 10.48 pm.

Mi marido pregunta si no hay menos piezas que de costumbre. A fuerza de ser sinceros, la bandeja luce medio vacía. Busco los míos y no encuentro la mitad. Pero como él come tan rápido me cuesta contabilizarlos, porque van desapareciendo como un animal que se extingue minuto a minuto en la selva.

Sábado 10.56 pm

Me doy cuenta que faltan todos mis futurama rolls (8). De los demás, no tengo idea. Pero de esos estoy segura. Llamo furiosa a Sushilandia.

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Los espero con el malhumor de siempre.

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Estoy esperando pasar por abajo de un puente, cumplir años, o ver una estrella fugaz para pedir un deseo: que toda la gente que reemplaza los nombres por alguna chanchada vinculante como “tocaya”, “primo”, “padrino”, “comadre” se caiga de un precipicio. O no. Me conformo con menos. Con que una sola persona muera en mis narices luego de decir “¿Cómo le va, compadre?” me doy por hecha.

Tengo una hora antes de irme para una entrevista y no pienso subir y volver a bajar. Si subo sé que la voy a cancelar para no volverme a calzar los zapatos. Así que me siento en el bar de enfrente, tranquila y me pido un café. La mozamongui me atiende, como siempre, con una sonrisa torpe y complaciente.

Carolina:
Hola ¿Me traés un café doble cortado y una coca light?

Mozamongui:
Pepsi light…

Carolina:
Pepsi está bien.

Mientras prendo la notebook, me conecto y bajo algunos mails. Al lado se sienta una vieja. La miro para verificar que no sea una fuente de ruido en el futuro (que esté sola y no vaya a hablar por celular, por ejemplo), y en apariencia está todo bien. De hecho, no se va a quedar mucho tiempo. Mientras mira el reloj, pide una pepsi light y paga directamente. Algo que sólo hace la gente que está apurada y quiere asegurarse de no tener que volver a llamar a la moza para pedir la cuenta.

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Para mí, esos chiquitos de Miranda! son el descarte de un circo. Deberían estar bailando vestidos de empanada en Acoyte y Rivadavia, o animando fiestas infantiles en el Tren de la Alegría.

¿En qué están pensando algunos contactos de facebook cuando me envían "matecitos" o "milkshakes" virtuales, tests para averiguar qué personaje de la serie ALF sería yo, o una invitación al fanclub de un cantante latino? ¿Qué clase de persona puede creer que yo, con este carácter de mierda, puedo recibir ese aluvión de estupidez con una sonrisa?

A ver si nos organizamos de una vez por todas. Antes de tomarme "un matecito virtual" o agregar la aplicación "Superwall" prefiero tirarme de un puente. No quiero recibir ni una más de esas absurdas peticiones de empleado ocioso. No me hagan repetirlo.

Ayer a la noche, un odio que me persigue desde la adolescencia vino a posarse en mi ventana de nuevo. O mejor dicho, en el patio de mi departamento. Es un odio peligroso, porque me transforma inmediatamente en una villana impaciente y cruel capaz de poner la cara de culo más agresiva e indignante del mundo. Y en cualquier lugar. Incluso en un bautismo, el cumpleaños de un amigo, o en mi propio festejo.

Desde que soy muy chica, cada vez que voy a una reunión con amigos, y veo que un pelotudo saca una guitarra, me vuelvo absolutamente loca. Detesto con todas mis fuerzas los fogones, las zapadas, los cantores de asado y todas esas chanchadas de soprano de quincho.

Esa música almibarada de profesor de canto, esas voces afinadas y cargosas, esas vocalizaciones de Susano entusiasmado, esos falsetes de tallercito barrial, esa necesidad de ser artista por un minuto, me dan ganas de prender fuego la casa del anfitrión. Incluso cuando yo organicé el encuentro.

No comprendo por qué los invitados no amasijan al trovador espontáneo como corresponde y le revolean el pan duro que quedó olvidado en la parrilla en señal de protesta. Si alguien hubiese querido escuchar música hubiera ido a un recital o hubiese puesto un disco.  Si hicimos un asado es para comer y charlar y no para repasar todo el repertorio de los Chalchaleros mientras se hace el café ¿Cómo puede ser que no lo entiendan?

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La gente que declara que "está aburrida" debe morir inmediatamente. No merecen vivir, son un desperdicio de días y de aire. Su existencia es tan precaria y chiquita, que en vez de sentirse aterrados porque la vida es una sola, no saben cómo llenar sus días para que pasen más rápido. A diferencia del resto del mundo, para ellos la vida es demasiado larga y hay que buscar cosas para apurar el proceso.

De la misma forma, no comprendo cuando dicen que algo está bien "para pasar el rato" o "para matar el tiempo". Oíganme, anormales, si quieren matar el tiempo o hacer que pase rápido péguense un tiro directamente y dejen de atormentarnos con sus melancólicas y absurdas vidas de planta.

Yo no quiero que el tiempo pase nunca. Ojalá tuviera más. Ojalá pudiera estudiar todas las carreras, dormir la siesta todos los días, viajar por todo el mundo, acariciar a todos los gatos de Buenos Aires, leer todos los libros, mirar todas las películas que se hicieron. Si les sobra tiempo, dénmelo a mí, que lo mato por ustedes.

Cada vez que me cruzo con el conspireta siento unas peligrosas y genuinas ganas de matar. Quiero ajusticiarlo por estúpido, por supuesto, pero además quiero pegarle porque su única ambición en la vida, por encima del amor, del dinero y la salud, es demostrar que es más vivo que yo.

El conspireta es una mezcla de pinchaglobos con mentiroso compulsivo. En su carácter confluyen la fascinación infantil por las teorías conspirativas, el pesimismo absurdo, las ganas de figurar y un razonamiento defectuoso lleno de baches y lugares comunes. Todo junto.

Es un mago inverso que ofrece a quien quiera escucharlo, la secreta ingeniería de todas las conspiraciones del mundo. Es decir, que tiene “la posta” de todos los temas. Desde el misterio de las pirámides hasta los truculentos negociados que un conocido arregla en la municipalidad. Desde el maquiavélico relleno de las salchichas de paquete, hasta la verdadera identidad del doble de Fidel Castro. Lo sabe todo. Lo intuye todo. Lo razona todo. Porque siempre, pero siempre, tiene un conocido infiltrado que lo avivó a tiempo.

Por suerte para nosotros, que somos una manga de retrasados mentales que necesitan su investigación, el conspireta siempre tienen un primo que le “batió la justa”. Que le avisó que la leche de tal marca es la misma que otra, que le dijo que los televisores de plasma duran sólo dos años, o que el verdadero negocio de los bingos es lavar dinero de drogas y prostitución.

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